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Por: Amaël Abriel Silva

Un chico llamado Nicolás vivía en un bosque con su familia. Le encantaba dibujar, era muy tímido y casi no hablaba con su familia, pero se conectaba muy bien con el bosque. Su actividad favorita era ir al bosque y ver de todo. Cómo la niebla se desvanece, cómo las hojas caen, cómo el agua fluye por las piedras, cómo las aves hacen sus nidos, cómo las plantas florecen, cómo los árboles crecen, cómo el agua resuena al pasar por el río, cómo los pájaros cantan su sentir. Y cuando iba al bosque, cada cosa que veía la dibujaba, pero no se la mostraba a nadie por lo tímido e introvertido que era.

Un día se encontró con un árbol muy grande que tenía un pequeño orificio, miró hacia adentro y se encontró con un lápiz que lucía muy común y corriente y decidió llevárselo. Al momento de probarlo, pintaba muy duro, pero no le disgustó, así que empezó a usarlo frecuentemente. Una noche Nicolás dibujó una tucaneta muy bonita. Al día siguiente, un extraño ruido lo despertó. Muy cansado, se levantó y vio en el piso unas plumas de mil colores, levantó la mirada y vio una tucaneta multicolor. Se asustó y se pellizcó, creyendo que era un sueño, ya que era su dibujo. Al ver que no se despertaba, se asustó y empezó a pensar ¿por qué?

Después de varios días y varios dibujos hechos realidad, había encontrado el suceso. Aquel lápiz que había conseguido en el gran árbol tenía el poder de convertir sus dibujos en realidad.

Con tal poder Nicolás se sentía más que artista, se sentía poderoso, fuerte.

Días después, el joven apasionado quería hacer algo en grande, un dibujo que cambiara su vida ¿O muchos? Empezó con un montón de dinero que obviamente se volvió real, pero después recordó una vieja frase de un amigo, llamado camaleón: “el dinero no da la felicidad”. Pero el agua sí, entonces dibujó grandes lagos y ríos.

En medio de todo esto recordó el gran poder que tenía, podía hacer mucho más de lo hecho hasta el momento. Y en plena locura olvidó la naturaleza que lo rodea y empezó a hacer cosas absurdas como edificios, centros comerciales, torres, carreteras, ciudades, etc. Y no pudo parar, quiso hacer cosas más grandes, entonces dibujó países, continentes, países llenos de ciudades y edificios.

¡Hasta que paró de dibujar!… Bueno, dibujaba, pero sus dibujos ya no se volvían realidad. Extrañado pensó que el poder del lápiz se había acabado o que la mina se había roto por completo, por lo cual se puso muy triste y se dedicó a extrañar su lápiz por unos días. Un día amaneció con una brillante idea: tal vez si volvía al árbol en el que había encontrado el lápiz en un principio, le otorgarían uno nuevo.

Al llegar, notó algo diferente: ¡había un borrador! Confundido, ignoró el borrador; pero cuando estaba a punto de irse, algo en su interior le sugirió que lo agarrara.

Volvió a su casa, y con cada paso que daba, se empezó a sentir cada vez más decepcionado de lo que había hecho, dándose cuenta solo en ese momento.

Entonces, empezó a borrar todos los dibujos que había hecho con el lápiz mágico, y se dio cuenta de que en el momento en que borraba los dibujos, desaparecían las miles de cosas que habían tomado forma real a su alrededor.

Fue así como entendió que todas aquellas extravagancias que, en un principio, pensó que le harían feliz, no tenían comparación con la euforia que le hacía sentir la naturaleza, y se prometió que nunca más iba a provocar tal desequilibrio entre la naturaleza y la civilización.